embellecedor Compañía Nacional de Danza. Director artístico: Nacho Duato. enlace a biografía de Nacho Duato enlace a la web oficial de la presidencia de gobierno de españa enlace al ministerio de cultura
embellecedor
rótulo de la compañía


INTRODUCCIÓN

foto danza


La incorporación del renombrado coreógrafo y bailarín Nacho Duato como Director Artístico de la Compañía Nacional de Danza, en junio de 1990, supuso un cambio innovador en la historia de la formación. Duato estaba decidido a hacer del ballet una compañía con identidad propia, en la que, sin olvidar los preceptos clásicos, se derivara hacia un estilo más contemporáneo. Con este fin se incluyeron en el repertorio de la compañía nuevas coreografías creadas específicamente para ella, junto con otras de contrastada calidad reconocida en numerosas compañías internacionales. Asímismo, Nacho Duato aporta a la Compañía Nacional de Danza su trabajo como coreógrafo, elogiado por la crítica mundial y premiado por los especialistas. La preocupación de Duato es encontrar el equilibrio entre la coreografía, el ballet y la forma de vivir. Para él la riqueza de la cultura y el folklore español constituyen un influjo inagotable para su trabajo.
La Compañía Nacional de Danza fue fundada en 1979 con el nombre de Ballet Nacional de España Clásico y tuvo como primer Director a Víctor Ullate.
En febrero de 1983 se hizo cargo de la Dirección de los Ballets Nacionales - Español y Clásico - María de Avila, quien sistematizó el trabajo interno del Ballet y puso especial énfasis en abrir las puertas a coreografías como las de George Balanchine y Anthony Tudor. María de Avila encargó coreografías a Ray Barra, bailarín y coreógrafo norteamericano residente en España, ofreciéndole posteriormente el cargo de Director Estable que desempeñó hasta diciembre de 1990.
En diciembre de 1987 fue nombrada como Directora Artística del ballet, Maya Plisetskaya, extraordinaria bailarina rusa. Desde 1990, la Compañía Nacional de Danza, bajo la dirección artística de Nacho Duato, inicia una nueva singladura. El elogio de la crítica, la acogida del público y las numerosas propuestas de trabajo confirman el futuro de esta Compañía en el panorama internacional de la danza.
A lo largo de estos años, la Compañía Nacional de Danza se ha labrado un sólido prestigio, con numerosas actuaciones en España y el extranjero, realizando giras por el territorio nacional, y los mejores teatros del mundo.


HISTORIA

fotos danza

 

La historia de la COMPAÑIA NACIONAL DE DANZA está firmemente ligada a la propia historia de los años más recientes de nuestro país, lo que nos da la seguridad de que esta Compañía no es una especie de bebé probeta, encerrado en su higiénica campana de cristal, aislado de virus y gérmenes, sino en contacto con la sociedad, con su sociedad, para la que trabaja, a la que pertenece y a la que se debe, para lo bueno y para lo menos bueno, que la vida en comunidad es así y no de otra manera. Digamos que la Compañía Nacional de Danza, en la aventura de su consolidación, se ha debatido en un juego pendular estilístico acorde con los tiempos circundantes. Algo parecido a lo que pasaba en la sociedad española -en los más diversos campos- en el aprendizaje y desarrollo de su modernidad. Por otra parte, nuestra falta de tradición balletística, excepto en el campo de la danza más étnica -que, por su parte, tanto aportó al acervo de la danza mundial- pudo propiciar un prolongado estado de ambigüedad que llevaría a la cabeza de la compañía a personajes tan distintos, aunque tan singularmente cualificados, como Víctor Ullate, María de Avila, Ray Barra y Maya Plisetskaya.
Todos ellos supieron dar aire -fresco y prometedor- a una formación que se debatía en la búsqueda de su propia identidad, pese al trauma ya enunciado de la falta de una tradición suficiente en la que poder apoyarse sólidamente.
Esa permanente búsqueda de identidad se vió inevitablemente lastrada por una polémica, hoy superada, entre clásicos y modernos, que pervive hasta la década de los ochenta, enfrentando con acritud a los celosos guardianes de la ortodoxia balletística clásica, simbolizada por los sagrados cánones de las cinco posiciones, el patriarca Marius Petipa, la esplendorosa escuela rusa y su eclosión diaghileviana, con los rupturistas que, de la voluble mano de Isadora Duncan y siguiendo los senderos marcados por Ruth Saint Denis, Ted Shawn y Doris Humphrey, desembocaron en el abigarrado jardín de Martha Graham -y su contraparte europea, Mary Wigman- en cuyas ubérrimas tierras florecerían, posteriormente, Merce Cunningham, Paul Taylor, Alwin Nikolaïs y tantos otros.
Sin embargo, en el límite de la década, el debate que opone a unos y otros va ganando obsolescencia, gracias -fundamentalmente- a dos hechos:
Uno, el tirón del llamado ballet neoclásico, que se produce al conjuro de ese brujo de la coreografía que es Maurice Béjart, quien bucea -con tanta versatilidad como éxito- en las procelosas, pero a la larga agradecidas, aguas de la síntesis. Escribe Béjart desde la legitimidad que le da al aplauso unánime de sus multitudinarias audiencias: "Se puede mezclar en un todo lo clásico tradicional, la danza americana post-Graham, la danza folklórica, las investigaciones sobre el movimiento y el espacio. Y todo esto será moderno, o no. No es más que una simple cuestión de ingenio".
Otro, directamente referido a la consagración de la postmodernidad como superación de la santificación de un cúmulo de actitudes que, por osadas, pueden convertirse en cerriles. Cuando un creador se descuelga de la obligación de ser moderno -encorsetadora, como todo imperativo- suele sentir un dilatado alivio que refresca su creatividad y azuza su inventiva.


CONTINUACIÓN

El resultado ha sido tan positivo como tranquilizador. Todo coreógrafo contemporáneo, si le place, puede hoy responder, con toda naturalidad, como hace algunos años lo hacía Twyla Tharp cuando le preguntaban en qué estilo coreográfico había que encasillarla. La contestación era tan breve como definitiva: "Bailo". Nacho Duato, tanto desde su profunda formación escolástica como desde su generosa apertura a otras figuras de la coreografía universal (Kylian, Forsythe, van Manen y Mats Ek, entre muchos más), ha sabido recoger este sentimiento en la Compañía Nacional de Danza, poniéndola en línea con otras formaciones similares de su entorno internacional, que practican la saludable fórmula de la síntesis que admite -en íntima conjugación- técnicas clásicas con lenguajes modernos, y viceversa. A ello ha sabido añadir algunas de nuestras esencias que resultan más coreografiables: meridionalidad, mediterraneidad, naturalidad. Tres elementos que dan sustantividad y carácter diferencial a una Compañía Nacional de Danza que va encontrando su puesto, su espacio, en el mundo de la coreografía. Que va encontrando, en definitiva, su identidad.
Una identidad que -vuelvo a la idea original- tiene mucho que ver con la del propio país, de cuyas nuevas formas, avatares y desafíos, la COMPAÑIA NACIONAL DE DANZA de Nacho Duato sabe ser intérprete cualificado.
Su éxito internacional no puede más que hacernos sentir el orgullo de esa nueva España en la que todos, incluida esta Compañía, nos hemos -felizmente- empeñado.
Delfín Colomé.

embellecedor