La incorporació del cèlebre coreògraf i ballarí Nacho Duato com a director artístic de la Companyia Nacional de Dansa el juny de 1990 va comportar un canvi innovador en la història de la formació. Duato estava decidit a fer del ballet una companyia amb identitat pròpia, la qual, sense oblidar els preceptes clàssics, derivés cap a un estil més contemporani. Amb aquesta finalitat, s’inclouen en el repertori de la companyia noves coreografies creades específicament per a aquesta, juntament amb altres de contrastada qualitat, reconeguda en nombroses companyies internacionals. Així mateix, Nacho Duato aporta a la Companyia Nacional de Dansa el seu treball com a coreògraf, lloat per la crítica mundial i premiat pels especialistes. L’elogi de la crítica, l’acollida del públic i les nombroses propostes de treball confirmen el futur d’aquesta Companyia en el panorama internacional de la dansa, en el qual ja s’ha guanyat un prestigi sòlid, amb actuacions contínues en molts països.
La historia de la COMPAÑIA
NACIONAL DE DANZA está firmemente
ligada a la propia historia
de los años más
recientes de nuestro país,
lo que nos da la seguridad
de que esta Compañía
no es una especie de bebé probeta,
encerrado en su higiénica
campana de cristal, aislado
de virus y gérmenes,
sino en contacto con la
sociedad, con su sociedad,
para la que trabaja, a
la que pertenece y a la
que se debe, para lo bueno
y para lo menos bueno,
que la vida en comunidad
es así y no de otra
manera. Digamos que la
Compañía
Nacional de Danza, en la
aventura de su consolidación,
se ha debatido en un juego
pendular estilístico
acorde con los tiempos
circundantes. Algo parecido
a lo que pasaba en la sociedad
española -en los
más diversos campos-
en el aprendizaje y desarrollo
de su modernidad. Por otra
parte, nuestra falta de
tradición balletística,
excepto en el campo de
la danza más étnica
-que, por su parte, tanto
aportó al acervo
de la danza mundial- pudo
propiciar un prolongado
estado de ambigüedad
que llevaría a la
cabeza de la compañía
a personajes tan distintos,
aunque tan singularmente
cualificados, como Víctor
Ullate, María de
Avila, Ray Barra y Maya
Plisetskaya.
Todos ellos supieron dar aire
-fresco y prometedor- a una formación
que se debatía en la búsqueda
de su propia identidad, pese
al trauma ya enunciado de la
falta de una tradición
suficiente en la que poder apoyarse
sólidamente.
Esa permanente búsqueda
de identidad se vió inevitablemente
lastrada por una polémica,
hoy superada, entre clásicos
y modernos, que pervive hasta
la década de los ochenta,
enfrentando con acritud a los
celosos guardianes de la ortodoxia
balletística clásica,
simbolizada por los sagrados
cánones de las cinco posiciones,
el patriarca Marius Petipa, la
esplendorosa escuela rusa y su
eclosión diaghileviana,
con los rupturistas que, de la
voluble mano de Isadora Duncan
y siguiendo los senderos marcados
por Ruth Saint Denis, Ted Shawn
y Doris Humphrey, desembocaron
en el abigarrado jardín
de Martha Graham -y su contraparte
europea, Mary Wigman- en cuyas
ubérrimas tierras florecerían,
posteriormente, Merce Cunningham,
Paul Taylor, Alwin Nikolaïs
y tantos otros.
Sin embargo, en el límite
de la década, el debate
que opone a unos y otros va ganando
obsolescencia, gracias -fundamentalmente-
a dos hechos:
Uno, el tirón del llamado
ballet neoclásico, que
se produce al conjuro de ese
brujo de la coreografía
que es Maurice Béjart,
quien bucea -con tanta versatilidad
como éxito- en las procelosas,
pero a la larga agradecidas,
aguas de la síntesis.
Escribe Béjart desde la
legitimidad que le da al aplauso
unánime de sus multitudinarias
audiencias: "Se puede mezclar
en un todo lo clásico
tradicional, la danza americana
post-Graham, la danza folklórica,
las investigaciones sobre el
movimiento y el espacio. Y todo
esto será moderno, o no.
No es más que una simple
cuestión de ingenio".
Otro, directamente referido a
la consagración de la
postmodernidad como superación
de la santificación de
un cúmulo de actitudes
que, por osadas, pueden convertirse
en cerriles. Cuando un creador
se descuelga de la obligación
de ser moderno -encorsetadora,
como todo imperativo- suele sentir
un dilatado alivio que refresca
su creatividad y azuza su inventiva.
El resultado
ha sido tan positivo como
tranquilizador. Todo coreógrafo
contemporáneo, si
le place, puede hoy responder,
con toda naturalidad, como
hace algunos años
lo hacía Twyla Tharp
cuando le preguntaban en
qué estilo coreográfico
había que encasillarla.
La contestación
era tan breve como definitiva: "Bailo".
Nacho Duato, tanto desde
su profunda formación
escolástica como
desde su generosa apertura
a otras figuras de la coreografía
universal (Kylian, Forsythe,
van Manen y Mats Ek, entre
muchos más), ha
sabido recoger este sentimiento
en la Compañía
Nacional de Danza, poniéndola
en línea con otras
formaciones similares de
su entorno internacional,
que practican la saludable
fórmula de la síntesis
que admite -en íntima
conjugación- técnicas
clásicas con lenguajes
modernos, y viceversa.
A ello ha sabido añadir
algunas de nuestras esencias
que resultan más
coreografiables: meridionalidad,
mediterraneidad, naturalidad.
Tres elementos que dan
sustantividad y carácter
diferencial a una Compañía
Nacional de Danza que va
encontrando su puesto,
su espacio, en el mundo
de la coreografía.
Que va encontrando, en
definitiva, su identidad.
Una identidad que -vuelvo a la
idea original- tiene mucho que
ver con la del propio país,
de cuyas nuevas formas, avatares
y desafíos, la COMPAÑIA
NACIONAL DE DANZA de Nacho Duato
sabe ser intérprete cualificado.
Su éxito internacional
no puede más que hacernos
sentir el orgullo de esa nueva
España en la que todos,
incluida esta Compañía,
nos hemos -felizmente- empeñado.
Delfín Colomé.
